Félix Ossa

Félix Ossa, de 73 años, dirigente emblemático del Club Deportivo Unión Morro

Bien sabido es, que una persona nacida en el barrio El Morro no se puede indicar a sí misma como morrino, si no sabe nadar, por eso cuentan en el barrio, que desde los seis o siete años ya están nadando y jugueteando como pingüinos en las aguas de Bellavista. 

Félix Ossa, de 73 años, dirigente emblemático del Club Deportivo Unión Morro , presidente de la institución por más de ocho años y criado en calle Covadonga N°1070, afirma sin dudar, que la relación entre el mar y el deporte está en la fibra más íntima de los nacidos en este sector de la ciudad, tanto así, que, desde los cinco años, dice, ya estaban jugando a “pata pelá” sus primeros partidos en las canchas de alquitrán y que, para sacarse el sudor de la pichanga, el piquero en la playa -la piscina de barrio- era la obligación.

Es así como la vida de Félix se ligó al deporte y a su querido Club Unión Morro, primero como deportista y luego dirigente. Su trayectoria, hace que no esconda el orgullo al afirmar que fue tuvo el privilegio de defender la albiceleste iquiqueña junto a un a crack del básquetbol nacional, como Lorenzo “El Negro” Pardo y que, además, fue entrenado por el histórico director técnico y cronista, Raúl Duarte, ambos morrinos y reconocidos hinchas del centenario club deportivo. 

Por eso, Ossa vibra con el legado de los que lo antecedieron, mujeres y hombres, madres, padres y familias que fueron haciendo grande al club a pulso; por eso también saca pecho con los palmares repletos de copas, medallas y fotografías de equipos que marcaron la historia de Unión Morro, cuya sede, donde se exhiben una infinidad de trofeos, fue levantada donde actualmente está, frente a Bellavista, por los propios socios y vecinos en 1944. 

Esfuerzos que hacía la dirigencia en esos años para hacer competitivos a sus deportistas, que rememora, hicieron que Unión Morro disputase, ahí mismo en su cancha, partidazos con rivales de la capital como Colo-Colo o la Católica. En esos tiempos, comenta Félix, vistiendo una camiseta bordada por los internos de la antigua cárcel de Iquique, ubicada en calle Wilson.

Aun así, el prometedor futuro deportivo de barrio, asegura, estuvo siempre aparejado a la pobreza, una realidad que afectaba a gran parte de la ciudad a mediados de los 50. El dirigente habla de calles de tierra, casas de calamina y veredas de madera en calle Souper, Pedro Lagos, Covadonga e Isaza; de niños, que como él, a sus 15 años, debieron rápidamente irse a trabajar a la pesquera para traer comida a la mesa de su familia.

Pero a pesar de las dificultades que imperaban por esa época en El Morro, la picardía de sus vecinos lograba siempre imponerse. Estudiantes de la Escuela N°3 que iban a mariscar en los recreos y volvían a clases mojados, pichangas de 20 jugadores por lado con pelotazos que rompían los vidrios del policlínico de un regimiento y una lista sin término de sobrenombres esparcidos entre las calles del barrio, son, junto a la añoranza de la antigua vida vecinal, el cabo que sigue uniendo los morrinos. 

“La vieja de los gatos”, “El viejo lapa”, “Pitigallo”, “Paizoca”, “Juanacaya”, “La Turca Juana”, “chonape” “Chati Checura” “Los Plater”, “Cachetón Maldonado”, “Jorojo”, “Coyo Coyo”, “Perico”, “Pichón”, “Chanaya”, “Gato”, son algunos de los que Félix recuerda a la primera. “Acá todos tenían sobrenombre”, dice.

Mientras que, en lo deportivo, todos colaboraban, indistintamente, para que la Estrella Solitaria de El Morro siguiera en los primeros puestos en las competencias locales. Con tarros de atún que traían los trabajadores de las pesqueras se hacían sanguches para todo el equipo; el papá que tenía un camión se transformaba en el chofer oficial del club cuando había que ir a disputar partidos a Cavancha o al Colorado; vecinos que salían a recaudar socios y a cobrar cuotas golpeando todas las puertas del barrio. Un empuje que era imposible que no trajera resultados. 

Entonces, claramente, Félix Ossa, es el indicado para contar cómo era la vida vecinal y deportiva en los tiempos de oro de El Morro, un punto obligado en la historia contemporánea de la ciudad, que invita a conocer cómo se vivía en los barrios de Iquique hace más de 60 años y comprender cómo el deporte se transformó en el entretenimiento, la esperanza y el emblema de niños, niñas, jóvenes y familias en tiempos muy difíciles. 



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